...Nos subimos entonces al vagón siguiente que para colmo, a nuestra parada venía vacío. La experiencia que según yo tenía de haber ido el año anterior se vio nula. Lo único en lo que podía pensar era en mi compita, si su pie seguía pegado a su cuerpo, si sabía para dónde darle y dónde bajarse, si lo habían mandado a uno de esos barrios que nos dijeron y lo venderían por kilo (g g, qué ironía) o si no me lo estaban bolseando, teníamos 18 paradas enfrente para pensar cualquier cantidad de cosas y esperar que saliera todo bien al final.
Empezó nuestro trayecto por la ruta entonces, cada paraba que pasaba se subía el doble de gente que en la anterior, empezamos a identificar desodorantes, ausencia de estos, cremas corporales, lo que había comido la persona, de que sabor eran los chicles y luego, la especialidad de la casa: el arrimón de chilaquil. Y digo para los demás por que yo tenía a uno de mis amiguitos atrás y entre compas no hay pedo, a los lados a otros dos de ellos y enfrente tenía un tubo anexo a una de las puertas de la unidad, misma que tratamos no alejarnos mucho de ella pero la corriente era cada vez más intensa hacía adentro y hacia la mitad del metrobús. La gente no paraba de subir y entre gritos de "...Pinche chundo...", "...báñate, valedor..." yo sólo deseaba que el Gordito estuviera bien y que esa mala pasada producto de mi genial idea del "que dice mi mamá que siempre no nos subamos a este" terminara pronto. A mitad del camino el calor ya estaba pasando factura también, sudábamos como cerdos, volteaba a ver a Paquito que nunca se subió a un transporte público en su Lasallista perra vida y tenía esa cara que tienen las personas que ya lo han perdido todo: dignidad, ganas de vivir, pantalones limpios, esperanza y fe y hasta amigos en el transporte público; y cualquier cosa que les pase ojalá y sea la muerte. Volteaba a ver al Güero y la misma jeta en su caucásico y deslavado rostro, como si un camello lo hubiera escupido a medio digerir, sudoso y adormecido. Juan y Edzzzon, por su parte, medio derrotados, pero medio frescos por que algo de callo en situaciones de ese tipo pero a escala provincia ya hemos experimentado. Acercándose cada vez más nuestra parada decidimos bajarnos dos antes, y con "decidimos" me refiero a que antes de que se cerrara la puerta y aprovechando el paro de un vago que estaba poniendo su humanidad para mantener la puerta abierta, les dije: "ya, aquí mero" y saltamos hacia la calle, nos ubicamos lo mejor que pudimos y empezamos a buscar al Gordo por las siguientes tres paradas en dirección a la que deberíamos haber arribado si no hubiera aventado a su suerte a mi camarada sin llaves y sin batería en el celular.
Después de andar con nuestros celulares tipo "han visto a este muchacho" entre la gente y después de dimitir por que nos veían como los bichos raros y norteños que éramos, emprendimos la huida sin éxito hacia el edificio donde nos quedaríamos. Yo no dejaba de pensar en qué le iba a decir a la mamá de este cabrón, en si hablarle a la policía, en su pie atorado por la puerta de metrobús, o en si dejarlo ya por la paz por que de seguro la CDMX se lo comió. Nuestra última esperanza era que estuviera en el lobby del edificio, claro que pensamos de que "ps el Gordo no es pendejo, hubiera peguntado o agarrado un taxi..." pero el que no estuviera ahí en la entrada no era nada alentador, no queríamos ni subir, yo ya tenia la excusa perfecta: el Gordo se había sacrificado valientemente ofreciendo su traserito como tributo a los dioses del transporte público para que no pasáramos por eso de nuevo y su madre lo entendería perfectamente. Ya con el celular en la mano, alguien le pregunto a un señor que iba saliendo del mismo edificio si no había visto a un wey de como 1.75 de estatura, complexión característica del Gordo, morenatzo, pelatzo, playera verde, etc; el don dijo un crudo "NO" mientras daba media vuelta y se iba y terminaba por derrumbar el último ápice de esperanza que había en nosotros, marqué el teléfono para dar las buenas nuevas hasta Saltillo, el señor se voltea y con la cara que hacen los perritos de lado dice: "ah, uno flaquito, lo dejé entrar, subió por las escaleras"; a huevo que era el pinche Gordo, subí corriendo y ahí estaba el desgraciado, sentado en el último escalón de nuestro piso, con una sonrisa de travesura por que sabía que bien pudo habernos esperado afuera o en la planta baja y evitar el pinche susto, los demás llegaron por el ascensor y entre risas, palabrotas y mucha pero mucha tranquilidad, entramos al departamento.
Esa noche bajamos al seven a comprar cerveza estúpidamente barata y después a comprar comida estúpidamente barata y estúpidamente rica en un puestito de quesadillas que estaba afuerita de un oxxo y que está cruzando la calle hacia enfrente, lo atendía una señora bastante amable que de inmediato reconoció nuestro acento tipo de que nos gustaban las tortillas de harina, las quesadillas con queso y casarnos con nuestras primas e inmediatamente nos dijo que tuviéramos cuidado, que las calles, que la gente, que la inseguridad, que la noche, etc; cosas así y lo cual se le agradece, pero nuestro cromosoma "Y" (por que evidentemente nuestras hormonas son el piloto de este vehículo llamado "masculinidad" y el otro este hmmm "malas decisiones") le prestó más atención al hecho de que antes de entrar a turno, señoritas y damas de compañía iban ahí mismo a darse sus suculentas quesadillas antes de poner a trabajar la suya, pero bueno, sea como sea, la señora también nos recomendó unas buenas guajolotas y tortas de chilaquiles para la hora del desayuno y hasta nos cobró de menos, le dimos las gracias y regresamos para ver el partido Japón-Chile de la copa américa que se celebraba ese año y a la luz de nuestra bonita terraza y entre cervezas y música despedimos nuestra primera noche de nuestro turbulento primer día en la hermosa ciudad de México. Y no; las quesadillas no llevaban queso.
Empezó nuestro trayecto por la ruta entonces, cada paraba que pasaba se subía el doble de gente que en la anterior, empezamos a identificar desodorantes, ausencia de estos, cremas corporales, lo que había comido la persona, de que sabor eran los chicles y luego, la especialidad de la casa: el arrimón de chilaquil. Y digo para los demás por que yo tenía a uno de mis amiguitos atrás y entre compas no hay pedo, a los lados a otros dos de ellos y enfrente tenía un tubo anexo a una de las puertas de la unidad, misma que tratamos no alejarnos mucho de ella pero la corriente era cada vez más intensa hacía adentro y hacia la mitad del metrobús. La gente no paraba de subir y entre gritos de "...Pinche chundo...", "...báñate, valedor..." yo sólo deseaba que el Gordito estuviera bien y que esa mala pasada producto de mi genial idea del "que dice mi mamá que siempre no nos subamos a este" terminara pronto. A mitad del camino el calor ya estaba pasando factura también, sudábamos como cerdos, volteaba a ver a Paquito que nunca se subió a un transporte público en su Lasallista perra vida y tenía esa cara que tienen las personas que ya lo han perdido todo: dignidad, ganas de vivir, pantalones limpios, esperanza y fe y hasta amigos en el transporte público; y cualquier cosa que les pase ojalá y sea la muerte. Volteaba a ver al Güero y la misma jeta en su caucásico y deslavado rostro, como si un camello lo hubiera escupido a medio digerir, sudoso y adormecido. Juan y Edzzzon, por su parte, medio derrotados, pero medio frescos por que algo de callo en situaciones de ese tipo pero a escala provincia ya hemos experimentado. Acercándose cada vez más nuestra parada decidimos bajarnos dos antes, y con "decidimos" me refiero a que antes de que se cerrara la puerta y aprovechando el paro de un vago que estaba poniendo su humanidad para mantener la puerta abierta, les dije: "ya, aquí mero" y saltamos hacia la calle, nos ubicamos lo mejor que pudimos y empezamos a buscar al Gordo por las siguientes tres paradas en dirección a la que deberíamos haber arribado si no hubiera aventado a su suerte a mi camarada sin llaves y sin batería en el celular.
Después de andar con nuestros celulares tipo "han visto a este muchacho" entre la gente y después de dimitir por que nos veían como los bichos raros y norteños que éramos, emprendimos la huida sin éxito hacia el edificio donde nos quedaríamos. Yo no dejaba de pensar en qué le iba a decir a la mamá de este cabrón, en si hablarle a la policía, en su pie atorado por la puerta de metrobús, o en si dejarlo ya por la paz por que de seguro la CDMX se lo comió. Nuestra última esperanza era que estuviera en el lobby del edificio, claro que pensamos de que "ps el Gordo no es pendejo, hubiera peguntado o agarrado un taxi..." pero el que no estuviera ahí en la entrada no era nada alentador, no queríamos ni subir, yo ya tenia la excusa perfecta: el Gordo se había sacrificado valientemente ofreciendo su traserito como tributo a los dioses del transporte público para que no pasáramos por eso de nuevo y su madre lo entendería perfectamente. Ya con el celular en la mano, alguien le pregunto a un señor que iba saliendo del mismo edificio si no había visto a un wey de como 1.75 de estatura, complexión característica del Gordo, morenatzo, pelatzo, playera verde, etc; el don dijo un crudo "NO" mientras daba media vuelta y se iba y terminaba por derrumbar el último ápice de esperanza que había en nosotros, marqué el teléfono para dar las buenas nuevas hasta Saltillo, el señor se voltea y con la cara que hacen los perritos de lado dice: "ah, uno flaquito, lo dejé entrar, subió por las escaleras"; a huevo que era el pinche Gordo, subí corriendo y ahí estaba el desgraciado, sentado en el último escalón de nuestro piso, con una sonrisa de travesura por que sabía que bien pudo habernos esperado afuera o en la planta baja y evitar el pinche susto, los demás llegaron por el ascensor y entre risas, palabrotas y mucha pero mucha tranquilidad, entramos al departamento.
Esa noche bajamos al seven a comprar cerveza estúpidamente barata y después a comprar comida estúpidamente barata y estúpidamente rica en un puestito de quesadillas que estaba afuerita de un oxxo y que está cruzando la calle hacia enfrente, lo atendía una señora bastante amable que de inmediato reconoció nuestro acento tipo de que nos gustaban las tortillas de harina, las quesadillas con queso y casarnos con nuestras primas e inmediatamente nos dijo que tuviéramos cuidado, que las calles, que la gente, que la inseguridad, que la noche, etc; cosas así y lo cual se le agradece, pero nuestro cromosoma "Y" (por que evidentemente nuestras hormonas son el piloto de este vehículo llamado "masculinidad" y el otro este hmmm "malas decisiones") le prestó más atención al hecho de que antes de entrar a turno, señoritas y damas de compañía iban ahí mismo a darse sus suculentas quesadillas antes de poner a trabajar la suya, pero bueno, sea como sea, la señora también nos recomendó unas buenas guajolotas y tortas de chilaquiles para la hora del desayuno y hasta nos cobró de menos, le dimos las gracias y regresamos para ver el partido Japón-Chile de la copa américa que se celebraba ese año y a la luz de nuestra bonita terraza y entre cervezas y música despedimos nuestra primera noche de nuestro turbulento primer día en la hermosa ciudad de México. Y no; las quesadillas no llevaban queso.
ADVERTENCIA: Imágenes sin censura de nuestros aposentos.
El día siguiente (martes 18) sería nuestro primer día de curso, así que nos levantamos temprano, los que lo hicieron primero fueron a por las tortas de tamal, nos dimos un café y una vez bañados y peinados y cambiados y almorzados nos dirigimos a la calle para ir hacia la parada y cumplir con el pactado round #2 del "Metrobús vs Nosotros La Revancha", todos juntos y agarraditos de las manos ahora sí.
Era una mañana fresca, unos 17°C yo creo, al salir lo primero que uno veía era que había gente corriendo en bicicleta, andando en scooter, paseando a sus perritos en las vías destinadas a ello, todo normal hasta que se nos quedaron viendo, viendo medio feo, otra vez. Y no los culpo, los que no han tenido la dicha (o desdicha) de conocer a Paquito también harían esas caras y hasta unas de más asco. Pero no era por eso, resulta que una vez observando lo que tenían en común esas personas era que todas traían chaquetas y algunos hasta bufanda y gorro y pues Paquito, en playera de manga corta. Nos costó un poquito asimilarlo por que, pues de dónde somos el frío de chamara yo creo es para <10°C y entre más cercano a los veinte celsius menos ropa. Meh, sin tomarle tanta atención a ello recargamos las tarjetas de nuevo y pa´rriba al metrobús que se llenó considerablemente pero nada que no pudieramos manejar. El arribo a C.U. se dió sin complicaciones y llegando a los edificios de la facultad de química metalúrgica realizamos el registro para las actividades de los consecuentes cuatro días.
Histórico momento del registro de los primeros burritos pardos en ir a la UNAM y al fondo el sacrilegio de playera para los chilangos que portaba Paquito ese día.
Todo comenzó con una pequeña ceremonia de inauguración en el auditorio con las personas encargadas del evento, autoridades y catedráticos, nos dieron la bienvenida, indicaciones en caso de emergencia, café con galletas y una vez atendido todo eso, a lo que nos trujía.
La escuela se dividía en dos grupos, fundiciones de hierro y fundiciones de aluminio, mientras que el Güero, El Gordo y yo formábamos parte de la primer facción, Paquito, Juan y Edzzzon lo hacían para la segunda. Aquí es dónde toman lugar en nuestra historia Raúl y Gera, los dos estudiantes restantes de nuestra misma institución y que hacían el viaje por aparte; a ellos se les unía otro personaje importante en nuestra aventura: Wisam Mucharrafie; y que los tres formaban parte del segundo pelotón.
Este cabrón originario del Estado de México y de ascendencia libanesa era un pan de dulce, el wey no tenía el acento característico de por aquellos lares sino que los chilangos hablaban cómo él. Raúl y Gera lo afanaron y estuvo con nosotros lo que duró el curso, ahora la CDMX temblaba una vez que teníamos a uno de los suyos en nuestras filas y que ya nada nos podía detener.
Cada quién a sus salones y las clases se dieron por comenzadas oficialmente, entre actividades para acatar el plan de trabajo y dinámicas para conocernos entre todos los del grupo nos dió el mediodía, nos veríamos todos de nuevo en pausas que eran a las once para un ligero break a la una para ir a comer, despúes de regresar otro break a las cuatro y para finamente salir a las seis de la tarde. Las comidas serían auspiciadas por la misma universidad en una de las fonditas aledañas a la estación del metro Universidad y los break's constarían de café y galletas en la mañana y por las tardes refresco y fritangas varias. La fondita era un lugar hmmm pues bastante acogedor pero bastante pequeño, nos sentábamos en 2 mesas y bien a huevo cabíamos los veinte en cada una, en ese primer día al ritmo de los tres tiempos de la comida nos poníamos de acuerdo para idear el plan perfecto para cuándo saliéramos de la escuela, propusimos cosas y nos dedicamos a buscar lugares en los mapas para ver las opciones latentes pero al final optamos por bajarnos a eso de la mitad de nuestra ruta del metrobús y buscarle a pie.
Fondita dónde nos daban nuestros sagrados alimentos, en la esquina inferior derecha, el buen Wisam.
Y así, después de sufrir cabeceos intensos en el aula, escuchar al catedrático decir la palabra "homologar" como 476 veces y tratar de no caer en un sueño profundo inhalando gel antibacterial, nos dieron las gloriosas seis. Emprendimos la huída rápidamente para aprovechar al máximo el tiempo que teníamos y sin hacerla mucho de pedo ya estábamos en ruta por Insurgentes Sur, otra vez. Nos bajamos cerca de la torre Macanar y al quedar atónitos con la altura de esta, decidimos entrar, bien frescos. Nuestra visita fue efímera una vez que no encontramos más que tiendas de ropa, zapatos, cine, cafeterías y uno que otro restaurante bar que ni nos llamaron la atención ni podíamos pagar. Empezó así entonces una laaaarga caminata por la avenida en busca de un bar pero cuando veíamos uno a alguien no le parecía, veíamos otro y a otro alguien tampoco le parecía, así duramos poco más de la hora y nos empezábamos a impacientar, a enojarnos entre nosotros, a hacer mucha sed y estaba empezando a llover. Bien hartos hasta la puta madre quedamos en que ya el primer lugar que yo viera y que dijera: "a éste", entrábamos, pero como para hacernos enojar todavía más, el destino y el mapa nos mandaron tres o cuatro potenciales lugares dónde ir y que, o estaban en remodelación o simplemente no existían y la lluvia empezaba a arreciar. El Güero se metió a una farmacia a comprarse pasta de dientes y un cepillo por que la boca le apestaba a ano y mientras lo esperábamos lo vi a la distancia, era un barecito con una fachada muy mona y una fuente en su interior, nos acercamos más y apreciamos los refrigeradores abastecidos por completo de cerveza y muchas muchas mesas de billar y ya sin preguntarnos ni cuestionarnos, entramos.
Pedimos cervezas, las conocidas de siempre y una que otra desconocida o internacional para hacerle a la mamada, pedimos una baraja española y entre jugada y jugada y yo que ganaba y ganaba, pedimos la cuenta y la del estribo, el último transporte pasaba por ahí enfrente entre las doce y pasaditas y nosotros teníamos que estar en la UNAM a las nueve de la mañana del día que estaba por comenzar. So, para este punto ya habíamos vaciado un buen número de botellas, suficientes para que el mesero perdiera un poquito la cuenta y como no soy la persona más honrada de mi pueblo natal menos lo iba a ser de una ciudad 10 veces más grande y dónde no nos conoce nadie, así que pagamos lo acordado y salimos elegantemente del lugar. Ya en la acera camino a la parada metí la mano a mi bolsa de atrás del pantalón y sentí algo duro, me asusté, luego palpé que tenía forma cuadrada, entonces me desasusté y cuando saco el misterioso objeto encuentro que era la baraja que nos llevaron en el bar y que me ayudó a pagar la cuenta mocha, ¿cómo llegó ahí? se los juro que yo no fui; acto seguido volteo hacia la puerta del establecimiento y ahí estaban el mesero y el don de la barra, quizás mirando el paisaje de medianoche, quizás viéndonos y pensando "pequeños hijos de puta" regreso la mirada hacia mi crew y veo a Edzzzon correr, entonces corrí yo y al final ya corrimos todos y a buen momento por que el último metrobús se acercaba rápidamente. Subimos y sin preocupaciones en la cabeza llegamos a nuestro destino y tras caminar las cuadras que había entre parabús y edificio subimos al departamento para dar por culminado el día dos. Echamos una (o dos) cheves más y al avanzar la madrugada nos fuimos yendo de uno por uno hasta que sonó la alarma del día #3...
El metrobús de medianoche.



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